Había una vez un marinero encandilado con la belleza del mar. Tal era su devoción por este que ,sin saberlo y casi sin querer , entregó su vida a un amor lejos de estar correspondido.

Los días que no salía a navegar entre la bravura del oleaje y el vaivén de la salitre, contemplaba el baile de colores que lo formaban desde su ventana. Trasladó su hogar junto a un modesto faro e hizo de aquel lugar una guarida , una cárcel sin rejas , un deseo enajenado por una belleza difícil de explicar.

Poco a poco, abandonó incluso su pasión por navegar, aquello que le había llevado hasta allí ,su américa particular

Cuentan que todas las noches, aquel marinero subía a lo más alto del faro y se aseguraba que cumpliese su cometido , actuando de lucero del alba de todo corazón perdido. Las primaveras pasaban casi entre parpadeos y ya perdí la cuenta de los tantos inviernos que perdió entre la dichosa custodia.

Le hicieron falta dos décadas para aventurarse al fin a oír con atención palabras amigas. El marinero aprendió que el contenido importa y el envoltorio adorna, que hay amores que consumen y apresan, que los lastres pesan , que un momento únicamente debe ser eso y que un espejismo no es más que una ilusión jugando a confundir mente y corazón para acabar en un jaque mate que deja infinitos sueños abatidos .

Aquel marinero , tarde pero al fin, comprendió que no hay belleza merecedora de semejante sacrificio. Se dijo así mismo que había vida por recorrer, tiempo perdido por recuperar y mares por descubrir … Dejó libre su corazón varado y decidió ser capitán de una misión que había descuidado . Emprendió rumbo a la felicidad propia.